Cordillera Huayhuash, Perú – 10 días en solitario
Álvaro Vivanco
Un hombre sólo puede ser él mismo mientras está solo; si no ama su soledad, no amará su libertad, porque únicamente cuando está solo, es realmente libre.
A.S.
Muy lentamente y con un persistente dolor de cabeza provocado por la altura, llegué a la cumbre de lo que los guías peruanos llaman Gran Vista. Sin poder creer lo que tenía al frente, dirigí la vista hacia las montañas que se levantaban hacia el este: Sarapo, Siulá Grande, Yerupajá y Rasac. Sin aliento, traté de fotografiarlas de la mejor forma que pude. Desde la cumbre del Rasac bajé la mirada hasta el paso llamado Rasac Punta. Por ahí se suponía que podía cruzar hacia el otro lado. El paso se veía cubierto de nieve. A la izquierda de lo que debía ser el glaciar, alcanzaba a aparecer la roca por la que se suponía que también era posible progresar para cruzar. Saqué más fotos y tratando de olvidar mi dolor de cabeza, me decidí a bajar. Tenía que llegar al fondo de la quebrada Segya, unos 700 m más abajo, para acampar en ella y luego decidir qué hacer. Mis posibilidades eran dos: subir desde el campamento hacia Rasac Punta para cruzar por él hacia la laguna Jahuacocha o bajar hacia Huayllapa para dar una vuelta más larga hacia la misma laguna. Hacía dos días que no veía gente y por la quebrada Segya no se veían rastros de que alguien hubiera pasado o acampado en un buen tiempo. Estaba solo, por lo que la decisión sólo dependía de mí.

Luego de confirmar que si quería ir a Huayhuash este año, debía hacerlo solo. Tenía algunas opciones acerca de cómo hacerlo. Lo más fácil era llegar a Huaraz y en esta ciudad ir a alguna agencia de viajes y sumarme a algunos de los tours “all inclusive” que se ofrecen. Otra opción, era ir de Huaraz a Chiquián o hasta algunos de los pequeños poblados desde donde se puede iniciar la caminata alrededor de la cordillera e intentar negociar ahí mismo la contratación de algún arriero con burros para que llevara mi carga. La tercera opción no me parecía factible al inicio, pero comencé a pensar más en ella para que lo fuera. Se trataba de ir en modo autónomo: cargando todo el peso yo mismo y sin recibir ningún tipo de ayuda. Según mis cálculos, dar la vuelta a la cordillera de Huayhuash me podía tomar nueve días, lo que significaba, además de llevar todo el equipo necesario, cargar suficiente comida para todos esos días.
La primera de las opciones, la de ir en un tour organizado, ni siquiera la consideré. Ir a un lugar como Huayhuash y que alguien me arme la carpa, me cocine, me despierte en la mañana y me diga por dónde hay que caminar, no me pareció una opción aceptable. Era como ir a un crucero al Caribe, algo sin relación con las montañas, una experiencia que permite ver paisajes hermosos, pero que deja de lado todas las dudas acerca de cómo hacerlo, todo el cansancio y sufrimiento que se transforma en emoción cuando se alcanza un objetivo. Porque ¿a qué se va? Si es que está todo planificado y garantizado por otro y uno va sin la posibilidad de fracasar, ¿qué sentido tiene ir?

La segunda de las opciones la pensé bastante, pero concluí que para poder realizarla debía destinar tiempo a negociar con los arrieros y que mi poder de negociación con ellos, estando solo, iba a ser muy bajo. Iba a tener que esperar hasta poder conseguir algo bueno o, quizás, tener que unirme a otros excursionistas. O incluso pagar un precio más alto que el aceptable.

La tercera opción me dejaba la duda de si es que iba a ser capaz de cargar una mochila con equipo y comida para nueve días. Cada jornada requiere hacer un esfuerzo de caminar, al menos, unos 10 km y subir desniveles de 700 u 800 m partiendo más arriba de los 4000 m, lo que significa tener que pasar por sobre los 5000 m un par de veces. Si se es muy lento, significa que puede ser necesario improvisar un campamento en algún lugar agreste y que quizás no se logre completar el circuito.
Esta tercera opción, la de ir solo y en forma autónoma, aunque era la más difícil, era la que me daba mayor libertad. Es así que comencé a pensar en serio en ella. Para poder cumplir con el itinerario, debía tratar de aligerar al máximo el peso de mi mochila, así que tomé un par de decisiones para eso: en lugar de llevar carpa llevaría una funda vivac; para cocinar, sólo llevaría una jetboil y comida liofilizada, evitando así llevar olla e implementos para lavar. Y, por último, acepté un buen consejo y cambié los libros que quería llevar por un Kindle, lo que me permitiría reducir peso y leer de noche sin tener que usar la linterna frontal.
Si me decidía por ir en forma autónoma, tenía una ventaja por sobre quienes lo hacen con algún tipo de ayuda: elegir la ruta que quisiera, alargarla o acortarla, o pasar por lugares más fáciles o más difíciles. En Huayhuash existen un par de pasos por los cuales los animales de carga no son capaces de cruzar, por lo que si se quiere pasar por ellos, es necesario hacerlo sin su ayuda. Esta última razón me hizo decidirme. Iría en forma autónoma e intentaría cruzar por todos los pasos vedados a animales de carga, completando así lo que algunos llaman “Circuito Alpino” de Huayhuash. De los pasos sobre 5000 m, el más complejo parecía ser Rasac Punta, porque está cubierto por un glaciar. Y según la información que pude encontrar, son pocos los que pasan por ahí. Hacerlo significa mantenerse lo más cerca posible del macizo montañoso y acortar la vuelta en un par de días.

Llegué en un minibus solo a Cuartelhuain y a las 10:00 ya tenía mi mochila con más de 20 kg lista para echármela a la espalda y ponerme a caminar. Por fin iba a probar si es que podía moverme a la velocidad necesaria para hacer el circuito en los tiempos que tenía. Desde ahí debía subir al primer paso, Cacanapunta a casi 4700 m de altitud, en un desnivel de casi 600 m. Comencé a caminar mientras veía cómo varios grupos de turistas que venían con guías y burros de carga se preparaban para hacerlo. Tras ganar algo de altura, vi cómo se acercaban los burros de carga mientras más atrás avanzaban los caminantes cargados con mochilas pequeñas. Debido al peso de mi mochila, esperaba ser sobrepasado rápidamente, pero recién al llegar al paso me alcanzaron los burros. El resto de los caminantes se mantuvieron a una buena distancia, por lo que concluí que no estaba caminando demasiado lento: me movía a una velocidad aceptable.
Bajé del paso hacia el primer lugar de campamento, Janca, el que esperaba poder evitar para acampar junto a la laguna Mitococha. Después de maravillarme con la primera vista al Jirishanca, pagué a la comunidad de Janca por pasar por ahí y pregunté por la posibilidad de acampar en la laguna. No había problema, así que partí hacia allá. Después de pasar junto al lugar de campamento, dejé de ver a más gente y llegué a Mitococha solo. Me dirigí al fondo de la laguna, donde prefería acampar para así estar más cerca del paso al que quería ir al día siguiente. Al llegar al lugar escogido, me di cuenta de un primer problema: mi Inreach, la única posibilidad que tenía de conectarme con el mundo, estaba descargado. O sea que, además de estar solo, iba a estar sin la posibilidad de avisar dónde estaba y si estaba bien o, en caso de emergencia, de pedir ayuda. De alguna manera, estaba aún más solo. Antes de intentar dormir, lo último que vi fueron las intimidantes paredes del Jirishanca.

Era la primera noche durmiendo sobre los 4000 m y lo noté. De a poco desarrollé un índice de impacto de la altitud dependiendo del tipo de sueños que tenía. Si es que soñaba con cementerios y funerales, la altitud me estaba afectando. Si es que tenía sueños dentro de sueños, la altitud me estaba afectando aún más. Si es que uno de los sueños dentro de otro sueño tenía que ver con cementerios o funerales, la cosa era grave y significaba que me faltaba para conseguir una buena aclimatación. Por suerte, me moví entre los indicadores 1 y 2 y no alcancé a llegar al 3.

Como había decidido hacer el “Circuito Alpino”, que transcurre bien apegado al macizo y cruza por pasos por donde los animales de carga no son capaces de llegar, iba a seguir por una ruta solitaria y por la que, en parte, la huella que se debe seguir no es muy clara o definitivamente no hay huella. Siguiendo un track que tenía cargado en mi gps, salí del campamento y comencé a subir la ladera que se levanta detrás de la laguna sin seguir una huella. Tenía que llegar a un paso, Alcay Punta, que aparecía en mi carta, pero sin nombre y sin sendero que llegara a él. Con varias dudas acerca de la exactitud de la ruta que tenía, logré acercarme al paso por debajo de una zona de rocas. No veía con claridad cómo superar la zona de rocas pero el track parecía dirigirse derecho a ellas. No que quedó otra alternativa que escalar una pequeña sección que, con mi mochila al hombro y a más de 4800 m de altitud, me dejó agotado. Fueron un par de pasos de escalada fáciles, pero que nunca había hecho en esas condiciones. Si me hubiese caído, nadie me habría podido ayudar y podrían haber pasado varios días antes de que alguien más pasara por ese lugar. Tras dejar atrás la roca, divisé la pasada que evitaba la escalada, ubicada unos 10 m más allá del lugar por donde había pasado. Pidiendo un descanso, caminé hasta el paso y pude ver la laguna Alcaycocha más abajo. Sin recorrer la mejor ruta, había llegado al lugar correcto y podía comenzar a descender hacia la laguna Carhuacocha y volver a tomar la ruta más transitada.

Llegando a la laguna me topé con un marco imponente de cerros dominado por el omnipresente Yerupajá, cerro que nunca ha sido ascendido por un chileno. En realidad, de todos los seismiles de Huayhuash, hasta ahora únicamente el Rasac ha sido ascendido una vez por chilenos, lo que ocurrió en 1978. Junto a la laguna también volví a ver gente y la zona de campamento dominada por las agencias de viaje que ya ocupaban los mejores lugares. Para mi sorpresa, cerca de la zona de campamento, en una pequeña casita, ofrecían wifi y pude dejar cargando mi InReach. Además, me ofrecieron acampar en el patio de esta casita, por lo que pude mantenerme alejado del ruido de los grandes grupos.

Al otro día pude comprobar cómo funcionan los grupos organizados: despiertan a sus clientes temprano, a eso de las 6:00 ya tienen preparado el desayuno para así poder partir tipo 6:30. Los burros con la carga parten un poco más tarde y de esa forma se aseguran de llegar temprano al siguiente campamento para ocupar los mejores lugares para sus clientes que comienzan a llegar más tarde.
Salí un poco más tarde que los grupos de agencias y en el camino me di cuenta de que los podía alcanzar. La ruta ese día pasa por uno de los miradores más impresionantes de todo Huayhuash y en donde todo el mundo se detiene un buen rato a tomar gran cantidad de fotos y videos: el mirador de las Tres Lagunas. Poco antes de llegar al mirador, una serie de avalanchas cayeron por el glaciar del Yerupajá, como para recordarnos que lo que estábamos viendo era obra de las gigantescas fuerzas de la naturaleza.

A continuación, la ruta cruzaba por el paso de Siula Punta a poco más de 4800 m. Antes de decidirme a bajar, vi que a poca distancia del paso se encontraba una pequeña cumbre, Azulcocha según mi mapa. Me decidí a subirla. Avancé algunos metros por el filo y escondí mi mochila tras unas rocas mientras veía cómo diferentes grupos cruzaban por el paso. Ningún guía se interesaba en llevar a sus clientes a esta cumbre, así que llegué solo en una media hora. Volví al paso y comencé a bajar hacia el campamento Huayhuash.
Este era grande y, como esperaba, las agencias tenían tomados la mayor parte de los buenos lugares para acampar. Buscando dónde hacer mi vivac, encontré a un belga que también estaba solo y le ofrecí acampar cerca de mí para así estar más seguros. Antes de partir había escuchado varias historias de robos, especialmente a quienes hacen el recorrido en solitario, así que la presencia del belga me daba tranquilidad. Así podría ir al baño, sintiéndome seguro de que al volver podría encontrar todas mis cosas.
Desde Huayhuash mi itinerario continuó por el paso Trapecio Punta, desde donde bajé al campamento Elefante o Cuyoc Pampa. Desde este campamento tenía dos posibilidades para seguir: cruzar por el paso San Antonio o por el paso Santa Rosa hacia el norte. Ambos pasos están muy cerca el uno del otro, pero me decidí por el segundo porque es el que queda más cerca del macizo central y porque al descender desde él se llega a una parte más arriba de la quebrada.
En el campamento Elefante confirmé mis sospechas acerca de la poca simpatía que generamos los caminantes solitarios entre los guías. Al llegar al campamento me senté a descansar y a tomar sol apoyado en mi mochila. A los pocos minutos apareció un guía diciéndome que estaba demasiado cerca de las carpas de sus clientes y que me tenía que mover. Preferí evitar los problemas y me moví. Le sugerí al belga hacer lo mismo.
Los grupos parecían dirigirse en partes iguales a los dos pasos, así que me topé con varios caminantes antes de llegar al paso Santa Rosa, donde conseguí que alguien me sacara una de las pocas fotos que tengo de mí mismo.

A pesar de que estaba algo nublado, la vista desde el paso dejaba sin aliento: glaciares desproporcionados, paredes de roca verticales, morrenas y lagunas de color turquesa. Delante de mí tenía la quebrada Sarapococha que, por un lado, estaba rodeada de grandes glaciares y hacia el otro, tenía un cordón de cerros que debía atravesar por el paso Rosario, también a más de 5000 m. En el filo desde el paso hacia el Norte debía estar la pequeña cumbre conocida Gran Vista, y en medio del cordón ubicado más al Norte tenía que estar Rasac Punta, que no lograba identificar en medio de una zona de glaciares.
Bajé hacia la laguna Juraucocha y después de pasar por un mirador me alejé de la ruta más transitada que se dirigía hacia Cajatambo y partí hacia el Norte, hacia la quebrada Sarapococha, famosa por la historia de Joe Simpson relatada en Touching the void. De ahí en adelante dejé de ver gente y volví a pasar una noche solo en el vivac que hice en la quebrada, a poco más de 4300 m.
A pesar de llevar cuatro días de caminata, mi aclimatación todavía no era perfecta. Por las noches mi sueño había mejorado y ya casi no tenía pesadillas. Pero todos los días, al descender desde algún paso de altura, había sentido dolor de cabeza, lo que me había obligado a tomar algún analgésico. Además, en las noches que pasé en Huayhuash, campamento Elefante y en la quebrada Sarapococha llovió bastante. Mi funda de vivac resistió la lluvia, pero se produjo bastante condensación de humedad en su interior y cada mañana debía sacudirla para sacarle los pedazos de hielo que se habían formado. En lo posible, intentaba conseguir algo de sol antes de partir, de forma de poder secar mi humedecido saco de dormir antes de guardarlo en la mochila. Si no lo conseguía hacer antes de partir de un campamento, intentaba hacerlo al llegar. La radiación solar en Huayhuash es tan fuerte que, con unos minutos al sol, mi saco quedaba completamente seco. A pesar de que por las mañanas mi botella de agua amanecía congelada y de que durante la noche caía agua-nieve, un poco de sol durante el día bastaba para que no me encontrara con nada de nieve en los pasos de altura. Sin embargo, esto podía ser diferente en Rasac Punta, no porque estuviera a mayor altitud, sino que porque se encuentra cubierto por la lengua de un glaciar y esto hacía posible que algo de nieve se acumulara ahí.

Las noches en Huayhuash son largas. A las 6:00 de la tarde el sol se pone y amanece a las 6:00. Son aproximadamente doce horas de luz y doce horas de oscuridad todos los días, por lo que tuve que hacer trabajar al Kindle. Comencé leyendo El cielo protector, el clásico que todo viajero debería leer, y en mis sueños alterados por la altitud, se mezcló el protagonista de la novela: Port Moresby. Sí, el protagonista se llama igual que la capital de un país. En la novela, Moresby viaja sin saber de los peligros a los que se acerca y finalmente muere debido a estos. No quería repetir su destino, así que traté de mantenerme alerta. Por suerte, terminé en los primeros días El cielo protector y continué leyendo algo que me podía distraer un poco más: El barón rampante, una novela con final menos trágico. También me acompañaron y distrajeron los cuentos de Abelardo Castillo y Hemingway. Tenía reservas suficientes en el Kindle como para haber seguido viajando por mucho tiempo.
Me levanté y salí de mi vivac en la quebrada Sarapococha intimidado por las vistas a los nevados Sarapo y Siulá Grande tratando de imaginar por dónde habían subido Simpson y Yates.

Subiendo por huellas difusas, me encontré con vacas pastando a más de 4800 m de altitud, lo que puede ser un récord mundial. A poca distancia de las vacas y ya sobre los 4900 m divisé un grupo de unas diez vicuñas. A pesar de los avances de la ganadería, todavía quedaba algo de espacio para la vida salvaje.

Tras dejar las vicuñas, la huella hacia el paso se veía clara, así que seguí subiendo, aunque parecía que cada paso lo daba más lento que el anterior. Cuando ya estaba a más de 5000 m, llegué a algo que parecía el portezuelo, pero que no tenía huella que continuara bajando hacia el otro lado. Miré por el filo hacia el norte y vi que más arriba había un hito de piedras que sí debía corresponder a lo que llaman paso. De a poco había comenzado a sentir dolor de cabeza. Por primera vez me pasaba al subir y no al bajar. Me tomé un ibuprofeno y seguí subiendo hasta el supuesto paso. Junto al hito no se veía la huella que bajaba, aunque esto era posible de hacer descendiendo por un acarreo, bajo el cual se veía nacer una huella que debía llevar a la quebrada Segya. Siguiendo por el filo hacia el norte, se divisaba a lo lejos lo que debía ser la cumbre del Gran Vista, una pequeña punta que apenas se asoma por arriba del filo, pero que algunos guías usan para conseguir justamente lo que promete: una gran vista.

A medida que avanzaba y a pesar del ibuprofeno, mi dolor de cabeza empeoraba, por lo que me movía con lentitud. Con más precaución de la normal, llegué a la cumbre para comprobar que su nombre estaba bien puesto: cuatro seismiles (Rasac, Yerupajá, Siulá Grande y Sarapo) rodeados de enormes glaciares le quitaban el aliento al más insensible. Entre el Rasac Oeste y el Tsacra Principal divisé lo que debía ser el portezuelo de Rasac Punta que se veía cubierto de nieve y bastante menos plano de lo que imaginaba.

Después de tomar varias fotos, volví al paso donde había dejado mi mochila y comencé a bajar hacia la quebrada Segya pensando en lo bueno y en lo malo de intentar cruzar por Rasac Punta al día siguiente. Mientras bajaba por una fuerte pendiente por una huella bastante borrosa, recordaba las diferentes conversaciones que tuve con guías durante los días anteriores. Uno dijo que el glaciar era plano, pero estaba lleno de grietas, que no debía intentarlo si es que no iba encordado. Otro dijo que se podía evitar el glaciar subiéndose a la roca por la izquierda. Otro dijo que la roca podía estar cubierta por verglas y el último con quien hablé dijo que el paso estaba oficialmente cerrado porque el 2023 cayó una avalancha sobre él que lo transformó borrando parte de la huella e incluso haciendo desaparecer una pequeña laguna que se formaba antes de alcanzarlo. Combatiendo los restos de dolor de cabeza que me quedaban, pensé que no podía creer en toda la información que me habían dado, que algunos guías podían contarme historias para evitar mi paso por Rasac Punta y que algunos guías prefieren guardar ese lugar únicamente para ellos. También logré sacar las cuentas de cuanta comida y tiempo me quedaba. La comida todavía me alcanzaba para unos cuatro días más. Si me quedaba cuatro días más en Huayhuash alcanzaría a volver a tiempo a Huaraz, si es que el último día partía temprano del campamento junto a la laguna Jahuacocha de forma de alcanzar algún transporte que me llevara ese mismo día hasta la ciudadHuaraz. Si cruzaba por Rasac Punta podía llegar al día siguiente a la laguna Jahuacocha. Si no lo hacía, debía bajar hasta Huayllapa y luego volver a subir por la ruta normal a Huatiaq, con lo que mi recorrido se alargaba dos días más. La comida y el tiempo me alcanzaban para esta última opción que, aunque me alejaba un poco del macizo principal, me permitía conocer un poco más y correr menos riesgos. Además, ¿a quién le importaría si es que cruzaba por un paso u otro?
El dolor de cabeza y la soledad absoluta me hicieron tomar la decisión de la vuelta larga, así que tras otro vivac en solitario, esta vez en la quebrada Segya, descendí hacia Huayllapa y desde ahí subí al campamento de Huatiaq. Para mi sorpresa, en este último campamento me encontré completamente solo. O no tanto, porque durante la noche oí cómoel viento hacía sonar la bolsa de la basura y una bolsa con comida. Me tuve que levantar para ver lo que pasaba. Al hacerlo me di cuenta de que había recibido una visita: un zorro había desparramado la basura por la zona de campamento y se llevó el último salame de mi bolsa con comida.

Así como durante las tardes y noches me podía distraer leyendo, durante el día, caminando solo, no tenía otra opción más que escucharme a mí mismo. El incesante monólogo interior que incluye las mismas preguntas de siempre, como si el estar acá sirviera para responderlas. Y no, no sirve, a lo más alcanza para saber cuantas veces uno equivocó el rumbo, pero no para encontrar esas respuestas. Hay que aprender a querer la soledad. Pasar horas pensando en lo que va a suceder al volver. ¿Quiénes se van a alegrar con mi regreso, quiénes necesitan que vuelva? Todo mezclado con mensajes recibidos en Huaraz que hacían que las respuestas fueran más difíciles de encontrar que llegar a la cumbre del Yerupajá. ¿Había valido la pena venir? Por suerte, Huayhuash tiene suficientes atractivos como para pasar una buena parte del tiempo ocupado, sacando fotos o fijándose donde hay que dar el próximo paso. O teniendo que levantarse a tiempo para no perder el día que es corto.
Me levanté de mi vivac en Huatiaq y con una menor reserva de comida salada, seguí por la ruta tradicional hasta Gashapampa, donde de nuevo busqué compañía de caminantes autónomos para cuidar mis cosas, y luego seguí la marcha hacia la laguna Jahuacocha teniendo unas vistas magníficas de toda la cordillera luego de cruzar por el paso Yaucha Punta.

El Jirishanca, un viejo conocido que había visto en el primer día de recorrido, volvió a aparecer mostrando su otra cara, incluso más vertical que la que ya conocía. Su vista me dio a entender que ya faltaba poco para completar el circuito.

El campamento junto a la laguna Jahuacocha resultó ser como los otros: vistas espectaculares a la cordillera, grandes espacios ocupados por las carpas de las agencias y un par de habitantes locales ocupados en cobrar a quienes veníamos llegando. Alcancé a disfrutar de una de las mejores puestas de sol en este lugar.

Como era mi plan, desde la laguna partí temprano en mi última jornada para alcanzar algún transporte que me llevara a Huaraz. Según había averiguado, por Llamac pasaban los minibuses entre las 11:00 y las 13:00. Si partía a las 8:00 debía llegar a tiempo. Puede ser que se haya juntado el cansancio de varios días de caminata, puede ser que el caminar por primera vez alejándome de la cordillera me haya bajado el ánimo. Cualquiera que sea la explicación, ese día me sentí más cansado que nunca y me costó mucho más superar el paso de Llamac Pampa que todos los otros, a pesar de que es el más bajo de todos.
Al llegar a Llamac un lugareño me estaba esperando. Un guía le había advertido de que venía en camino, así que al llegar ya había un bus y una tarifa por viajar en él esperando por mí. No quedó ninguna posibilidad de negociación como esperaba. Sí alcancé a tomarme una Cuzqueña trigo para saciar en algo la sed acumulada.
La hora esperada de llegada a Huaraz era a las 16:00, pero una serie de sucesos inesperados -parte del encanto de Perú-— hicieron que llegáramos a la capital de Áncash pasadas las 20:00. Las montañas y el encanto de este país no han terminado. Hay que volver y, aunque no encontré respuestas a todas mis preguntas, ya sé algo que no sabía, ya sé quién quiero que me acompañe en el siguiente viaje: el Kindle.

Itinerario
12 de julio: Llegada a Huaraz
13 de julio: Trekking de aclimatación a laguna Willcacocha (3700 m)
14 de julio: Trekking de aclimatación a laguna Ahuac (4500 m)
15 de julio: Viaje en bus desde Huaraz a Cuartelhuain (4100 m). Inicio del trekking cruzando por paso Cacanapunta (4670 m) para llegar a acampar a la laguna Mitococha (4250 m)
16 de julio: Laguna Mitococha – Paso Alcay Punta (4800 m) – Laguna Carhuacocha (4200 m)
17 de julio: Laguna Carhuacocha – Mirador de las 3 lagunas – Paso Siula Punta (4800 m) – Cumbre cerro Azulcocha (4950 m) – Campamento Huayhuash (4300 m)
18 de julio: Campamento Huayhuash – Paso Trapecio Punta (5014 m) – Campamento Pampa Cuyoc también conocido como Campamento Elefante (4500 m)
19 de julio: Campamento Elefante – Paso Santa Rosa (5054 m) – Bajada a quebrada Sarapococha (desvío de la ruta tradicional) – Campamento en Sarapococha (4400 m)
20 de julio: Campamento en Sarapococha – Paso Rosario (5085 m) – Ascenso a cerro Gran Vista (5151 m) – Descenso a quebrada Segya – Campamento en quebrada Segya (4400 m)
21 de julio: Campamento en quebrada Segya – Descenso a Huayllapa – Ascenso a campamento Huatiaq (4300 m) (campamento solitario donde un zorro me robó un salame)
22 de julio: Campamento Huatiaq – Paso Tapush Punta (4780 m) – Campamento Gashapampa (4500 m)
23 de julio: Campamento Gashapampa – Paso Yaucha Punta – Campamento laguna Jahuacocha (4100 m)
24 de julio: Campamento laguna Jahuacocha – Paso Llamac Pampa (4300 m) – Llamac (3300 m) – Retorno en bus a Huaraz
