Don Quelo, el Arriero – Traducción del artículo de Förster de 1969

Don Quelo, el Arriero

Con motivo del trágico fallecimiento de un buen amigo de todos los montañistas y caminantes, tengo la necesidad de contar algunas pequeñas historias de él. Este servicial y típico baqueano chileno del valle del Colorado estaba siempre de buen humor y nos hizo pasar horas inolvidables.

Don Exequiel, “Quelo” como era llamado, fue uno de los primeros arrieros en acompañar a nuestros antepasados montañistas a la cordillera. Se hizo conocido en nuestros círculos por un incidente en el valle Olivares inferior. Cuando una caravana de montañistas del DAV, que estaba en camino al Risopatrón, pasaba por el puente colgante Los Lunes un caballo rompió una de las vigas. Exequiel, práctico como era, encontró rápidamente una solución radical para controlar la situación. Sin vacilar, luego de desensillar el caballo, le dio a este una patada que lo hizo volar hacia el río. Completamente ileso apareció el cuadrúpedo unos cientos de metros más abajo del puente, de forma que la cabalgata pudo continuar.

En el año 1944, cuando fuimos al cerro Alto conocimos a Don Quelo y desde entonces tuvimos un verdadero amigo y colaborador. En esa expedición llevamos, además de otras provisiones, un gran pedazo de carne para asar. Sin embargo, con el calor y la larga aproximación, con el tiempo, la carne se volvió incomible. Nosotros decidimos botarla. Quelo la vio y nos pidió que se la diéramos. Si es para tus perros, pensamos nosotros y se la dimos. Los días pasaban y volvíamos al campamento victoriosos del Alto quemados por el sol y el viento. Acá nos encontramos con Don Quelo que venía de visita. “Vine a echar mi aguaitadita” dijo con sequedad. Cuando vio nuestras caras quemadas preguntó con ironía: “¿Por qué se queman? Cuando yo era chico me caí en un brasero y desde entonces ya no me quemo.” Al probar la ansiada cazuela notamos un sabor especial. Con qué condimentaron esta sopa, pensamos. Nos quejamos de inmediato con nuestro cocinero. Ahí nos contó descaradamente Quelo que había hecho charqui con la carne despreciada y que eso le habían puesto a la sopa y que era bueno. No nos quedó nada más que seguir comiendo la sopa para no ofenderlo.

En el verano de 1949 cabalgamos hacia el Tupungato. En esta expedición nos ayudó con pala y picota para cruzar por el Mal Paso. Acá también nos visitó regularmente haciendo su control. Nunca apareció con las manos vacías, fuimos aprovisionados constantemente con carne. En las tardes se tomaba mate. Una tarde encontró increíble que usar un mate tan grande. “Con eso se toma un mate demasiado frío”, opinó. “No tengo un cacho bonito y chico como el suyo para tomar el mate caliente”, le respondí. De inmediato me prometió hacerme uno y traérmelo a la siguiente oportunidad. Mantuvo su palabra después de enviarle una foto suya.

Pasaron algunos años y nos encontramos de nuevo. Esta vez despotricó contra el mate demasiado pequeño. “¿Cómo, dije yo, este es suyo?”. “Pásemelo”, dijo él, se paró y de un hoyo en las rocas del campamento sacó un cacho grande que me lo pasó solemnemente.

Desde hace ya 23 años que Don Quelo vivía en estos valles y ha desparramado por todas partes sus escondites donde ha colocado herramientas y provisiones, invisibles para el resto. Sus ayudantes deben además traer siempre verduras frescas desde San José. Carne tiene suficiente allá arriba. Como él y sus ayudantes normalmente no pueden consumir toda la carne de un animal recién sacrificado, el resto de la carne se pone sobre una roca para hacer charqui. Los buitres en el valle conocían este procedimiento y esperaban poder quedarse con un par de pedazos. Entre sus perros había uno que también conocía esto y siempre esperaba a sus amigos emplumados. Sólo necesitaba abrir el hocico cuando los buitres volaban con el pedazo de carne para atrapar uno. Estos animales trabajan juntos decía Quelo con su humor seco.

Así habría muchas otras historias de él para contar. Cada vez que vayamos ahora al valle del Colorado, echaremos de menos a nuestro fiel y sincero amigo que siempre nos ayudó tanto. Espero que este modelo de típico arriero chileno sirva de ejemplo para otros. Entre los arrieros, que año tras año llevaban a los socios del DAV con su equipo arriba a la cordillera, él era uno de los mejores.

Wolfgang Förster

Traducción: Álvaro Vivanco

Artículo publicado originalmente en la Revista Andina 1965-1969

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