Relatos

Intento de Ascenso del cerro del Plomo 5430m- Artículo de Fickenscher de 1929

Intento de Ascenso del cerro del Plomo 5430m

F. Fickenscher – Santiago

Desde Santiago hacia el Este se tiene una de las vistas más hermosas hacia las siguientes cumbres de la alta cordillera: cerro Paloma (4.930m), cerro Altar (5.215m), cerro del Plomo (5.430m), cerro Bismarck (4.670m) y el cordón de los cerros de Quempo que se mantiene entre 4.000m y 4.270m. Este macizo de gigantes se encuentra enmarcado por la derecha por el Alto de Apoquindo y por la izquierda por el cordón Españoles.

La vista más grandiosa la ofrece el cerro del Plomo como el más alto y macizo de aquellos cerros y cuando el sol ya ha desaparecido detrás de la precordillera, las sombras han escalado hasta la cumbre del Ramón y el valle se encuentra cubierto por un gris indefinido, la cumbre del cerro del Plomo, cubierta por nieves eternas, todavía brilla con la luz del crepúsculo.

Ya se han realizado diferentes intentos por poner los pies sobre la cumbre de este coloso de la alta cordillera. Sin embargo, uno sólo recuerda una excursión de algunos miembros de la colonia alemana de Santiago, quienes en el año 1895 consiguieron derrotar sus alturas. Aparte de esas 3 o 4 personas nadie más ha conseguido alcanzar el objetivo y a nosotros tampoco nos fue mejor. Cuando la expedición de 1895, motivados por la emoción del primer ascenso, realizaron el último tramo, encontraron para su decepción un muro redondo de viejos tiempos probablemente de buscadores de minas. El ingeniero Lightbody, un miembro de la expedición de Fitz-Gerald al Aconcagua, encontró construcciones similares en el cerro Catedral, al frente de Puente del Inca.

Para los días feriados de carnaval teníamos planeado el ascenso del cerro Altar, el vecino a la izquierda del cerro del plomo con 5.215 m, que bajo su cumbre triangular muestra paredes verticales y que sólo se lo puede abordar por atrás.

Entonces leímos la noticia en el Mercurio de que un club andino se había propuesto ascender el cerro del Plomo y que en caso de una desgracia no es conveniente estar solo en estas regiones remotas, así que decidimos renunciar a la primera excursión y ascender el cerro al mismo tiempo que el club andino, aunque de forma independiente. Lamentablemente nuestras precauciones fueron inútiles puesto que no vimos a nuestros colegas chilenos. Más tarde oímos que el grupo había abandonado debido a la enfermedad de su presidente.

El sábado 1° de febrero de 1914 a las 5:00 de la tarde cabalgábamos 3 turistas hacia Las Condes, el punto en que el río Mapocho se libera de las montañas que lo retienen a la fuerza e ingresa al valle central de Chile. Sin detenernos seguimos la carretera que lleva a las minas del valle de San Francisco y llegamos a las 8:30 al Puente Ñilhue, donde aceptamos la invitación de una anciana a entrar a su choza a tomar una taza de té. Mientras tanto había caído la noche y como todavía teníamos un buen trecho por delante, nos montamos en los caballos, nos despedimos de la anciana y, acompañados por las recomendaciones a los santos, cabalgamos en la oscuridad de la noche valle adentro.

Aprovechamos el paso lento de nuestros caballos para recordar excursiones y experiencias pasadas en la alta montaña y también el guía nos contó de algunas desgracias por avalanchas que le costaron la vida a algunos mineros; también nos mostró, junto al camino, una pequeña cruz con velas y flores marchitas, el lugar donde una muchacha fue asesinada debido a una historia amorosa.

A las 9:30 llegamos a la Hermita, donde se juntan los ríos San Francisco y Molina, un pequeño pedazo de tierra fertil, que se interna por entre medio de estos dos ríos y que un rincón elevado se encuentra coronado por una estatua de la santa virgen. Los caballos notaron que no estaba lejos el lugar con el forraje y tras un pequeño galope alcanzamos nuestro objetivo, Cometierra, donde encontramos nuestro equipo enviado en coche el día anterior. Nos preparamos rápidamente una cena caliente y poco antes de medianoche nos metimos en nuestros sacos de dormir con el suelo como cama y el cielo estrellado como techo. Lamentablemente no se podía pensar en dormir puesto que en la cabaña vecina se bailó y cantó toda la noche para inaugurar el carnaval.

Al amanecer (domingo 2 de febrero) -el sol pintaba de dorado las primeras cumbres de la cordillera- estamos trabajando para preparar el desayuno, ayudar al guía a cargar las mulas y ensillar los caballos.

Tomamos el mismo camino del día anterior hasta poco antes de la unión del estero Yerba Loca con el San Francisco. Luego lo dejamos para tomar a la derecha una huella de animales que nos lleva, tras una media hora, a la carretera que conduce hacia las abandonadas minas del valle de Yerba Loca. Acá el excursionista comienza a sentir la inhóspita soledad de la cordillera, los árboles son escasos y achaparrados, hierbas desconocidas rodean el camino, el aire es frío y seco y un viento fresco de la mañana sopla desde las gélidas cumbres. Uno debe estimar de otra forma las distancias a cuando uno está en el valle, puesto que lo lejano parece al alcance de la mano. Cien metros abajo nuestro murmura el amarillo azufre río Yerba Loca que proviene del glaciar Yerba Loca. El final del valle es uno de los rincones más hermosos que conocemos en la cordillera y su visita es recomendable para cualquier amante de la naturaleza. El nombre lo tomó el valle de una planta venenosa, llamada yerba loca que, al ser comida por el ganado, éste se vuelve loco y muere.

A la distancia divisamos un grupo de árboles llamativamente grandes para esta zona y el brillo de un techo de metal corrugado: nos acercamos a Villa Paulina, antiguamente la casa de administración de las minas del valle de Yerba Loca, actualmente la casa del mayordomo que cuida el ganado que en verano es enviado a estas remotas áreas. Un anciano nos saluda y nos invita a un vaso de leche «al pie de la vaca», lo que aceptamos con gusto. Sin embargo, tampoco nos quedamos largo rato acá; delante nuestro está el cruce del cordón montañoso que separa al valle de Yerba Loca del Cepo.

En Villa Paulina dejamos el camino de Yerba Loca y subimos por una huella de animales hacia la derecha y alcanzamos a las 12:00 una planicie que se encuentra entre los valles de Lunes y Leonera a los pies de los cerros de la Parva y Colorado; una verdadera vega alpina con manadas de caballos y vacas a 2300 metros de altitud. Praderas verde oscuras, cruzadas por pequeños riachuelos, nos invitan a almorzar acá. Estiércol de vaca seco reemplaza la leña para calentar una lata de salchichas.

Al Norte, muy cerca, se encuentra el cerro del Plomo. El aire es tan puro que parece que no hay distancia que nos separe de él. El macizo de su cumbre, cubierta por nieves eternas, nos mira hacia abajo y parece advertirnos de acercarnos a ella. Aunque nadie lo dice, se hace la misma pregunta: «¿lo vamos a vencer?» Nuestro coraje se hunde un poco ante su presencia y la empresa parece demasiado atrevida…

Seguimos subiendo por pequeñas quebradas y a veces apenas podemos mover a las mulas, sin embargo, tras dos horas alcanzamos los pies del cerro Colorado, el que se puede ver bien desde Santiago y que llama la atención debido a su forma cónica. Acá giramos hacia el Norte, avanzamos por la arista que separa las aguas de Yerba Loca y el Cepo y cruzamos los primeros manchones de nieve a una altitud de 2.800 metros. El paisaje cambia completamente, ya no se ven arbustos ni hierbas, sólo rocas desnudas, atravesadas por muchos riachuelos que se derraman en el Cepo. El camino es muy malo, siempre sube unos cientos de metros para luego caer hacia una quebrada y se ve obligado a pasar junto grandes bloques de roca. Junto a uno de los numerosos riachuelos que cae desde las alturas, los animales tienen la oportunidad de saciar su sed.

A las 6:00 de la tarde vemos nuestro objetivo, el «Hotel Cepo», una roca con la forma y el tamaño de un refugio en medio de una pequeña vega que a la izquierda tiene un hermoso estanque y a la derecha el ruidoso Cepo, cerrada hacia abajo por una caída del valle y hacia arriba por una estrechez del valle: nuestro campamento para la noche, la última vega de la parte superior del valle del Cepo. Liberamos de su carga a las mulas que, por cansancio, se han tirado al suelo y comenzamos de inmediato a armar la carpa en el lado protegido del viento.

El sol está a punto de ponerse, todo el paisaje toma colores inusitados, desde lo más claro hasta el rojo más intenso en el lado soleado, violeta en todas sus tonalidades en las partes en sombra. El Plomo, que nuevamente se presenta en toda su magnificencia, hace un cuarto de hora todavía blanco como una tela de lino, ahora brilla con el rojo más maravilloso de las Dolomitas y observándolo nos olvidamos de nuestro trabajo y de nuestra comida.

La mañana siguiente (lunes 3 de febrero) partió tranquila y sin nubes, sin embargo, el frío afuera de la carpa era horripilante. El estanque tenía una superficie de hielo como un espejo que mis amigos, con el piolet, quebraron para lavarse. Por mi parte, desistí de este placer y me junté con el guía, quien al ver el baño de mis colegas dijo: «No, yo no estoy para enfermarme.»

Dejamos el campamento tal como estaba y llevamos en una mula lo necesario para dos días. La huella va empeorando y poniéndose más pedregosa, va sobre rocas desnudas en las que los animales apenas se pueden afirmar y, a veces, tememos que se pueden caer hacia el Cepo. La topografía del valle nos obliga, poco antes de llegar a una cascada que proviene desde abajo de un puente de nieve y que tras tres saltos vuelve a desaparecer bajo el hielo, a cambiar hacia el otro lado del valle. Como ahora ya no hay más sendero visible, el guía toma la delantera para seguir lo que él llama huellas de caballo. A unos 3.800 metros, sobre una isla de arena, encontramos restos de tres campamentos, así como señales de intentos anteriores de ascenso al Plomo. Latas de conserva oxidadas y botellas vacías, señales de la cultura en la alta montaña…

A las 11:00 nos acercamos cada vez más a grandes rocas que impedían el avance de los caballos. Tras el almuerzo, el guía nos aclaró que se sentía apunado y que no podía seguir adelante, a pesar de que se había ofrecido a llevar nuestro equipo un tramo más adelante. Nuestra situación se puso más seria cuando uno de nuestros amigos se preparó a devolver el almuerzo sobre el hielo. Puesto que la traicionera enfermedad de altura no se deja ahuyentar con el descanso, ambos decidieron buscar la sanación regresando al Hotel Cepo.

Cuando en la mañana de ese día tomamos la decisión de qué cosas llevar hasta el siguiente campamento, dejamos con gran pesar unos ponchos para así liberarnos de peso. Y todavía éramos cuatro personas. Como ahora debíamos cargar el equipo sobre dos animales, debimos dejar la carpa pequeña que debía protegernos del frío terrible del Plomo.

A las 12:00 nos despedimos de nuestros compañeros y tras una pequeña escalada por una morrena de piedras alcanzamos el gran glaciar del Cepo. Su superficie está cubierta por una capa de nieve dura y congelada. Para avanzar de mejor forma nos pusimos los crampones.

Subiendo lentamente, evitando las numerosas grietas y los pequeños charcos congelados, vamos ganando altura. De pronto escucho una llamada de sorpresa de mi amigo Trewhela. Apurando mis pasos llego junto a él. Delante nuestro hay una imagen de gran belleza. Estamos en la orilla de un gran anfiteatro de hielo formado por los seracs caídos del glaciar del Plomo, el suelo está cubierto por miles de penitentes de todos los tamaños y de las formas más aventuradas. Sin palabras nos detenemos delante de este espectáculo del mundo de los hielos. Los penitentes, en alemán «Büsser», son pirámides de hielo que uno puede comparar con alguien en posición de penitencia cubierto con una tela blanca, un fenómeno que casi sólo es posible encontrar en los Andes centrales.

Sin descansar, pero a paso lento, cruzamos toda la planicie buscando un camino entre los penitentes que nos cierran el paso y nos obligan a dar todo tipo de rodeos. Grietas de gran profundidad, en cuyo fondo susurran los riachuelos de hielo derretido, nos obligan a buscar puentes de nieve que cruzamos encordados.

Ahora entramos a una morrena que se extiende por una angosta franja desde el cerro Bismarck hacia abajo. Mientras hacemos una pausa que aprovechamos para comer algo, estudiamos el ascenso y el lugar que podría servir para el campamento.

Desde el mediodía estaban junto a la cumbre del Plomo pequeñas nubes que primero se mostraban nítidas y luego casi se deshacían en un constante ir y venir por sobre la superficie blanca de la nieve.

A las 3:30 nos ponemos de nuevo las mochilas, que parecen estar cada vez más pesadas, y nos dirigimos por la morrena hacia un grupo de rocas que nos podría ofrecer algo de protección durante la noche. Avanzamos lentamente, paso a paso subiendo en zigzag. Nuestra respiración se hace difícil y cada par de minutos nos detenemos a descansar por un instante. La conversación la habíamos detenido hacía rato. El grupo de rocas parecía no querer acercarse. Mi compañero propone acampar a la altura en que nos encontramos (4.300 m). Mi empuje y la esperanza de encontrar junto a las rocas una pequeña cueva lo alientan y seguimos ascendiendo lentamente. El sol ya no tiene más fuerza y sopla un viento gélido desde arriba. Sin pausas subimos en zigzag y finalmente llegamos al lugar elegido. De una cueva no hay rastro.

Tiramos nuestra carga y escalamos de una roca a otra. ¡En vano! Ninguna nos ofrece suficiente protección. En eso descubrí un recodo en una pequeña pared de roca con forma de litera que solemnemente tomé para mí. Apenas ofrece espacio para una persona. Mi amigo se hace un espacio a la izquierda, a los pies de la misma pared, que busca proteger del viento con un pequeño muro de piedras.

Como ya comienza a oscurecer, nos apuramos en hacer funcionar la cocinilla a petróleo Primus, lo que nos cuesta un gran esfuerzo, puesto que el frío y el aire menos denso nos impiden encender el combustible. Como consecuencia del agotador ascenso ninguno de nosotros tiene hambre. Huevos y té con algo de pan son consumidos con rapidez. Una lata de vienesas se ve mal y debemos botarla con lo que nuestra cena se ve bastante frugal. Discutimos acerca de la altitud de nuestro campamento puesto que nuestro altímetro ha fallado y la fijamos en unos 4.600 m tomando como relación los cerros de los alrededores. Aproximadamente a unos 4.300 m yo había encontrado en el acarreo un crampón fabricado con madera, cuero y puntas de fierro que seguramente perdió uno de los miembros del Club Gimnástico de Santiago durante el ascenso al Bismarck.

El sol, apenas un poco más arriba del Pacífico, desaparece lentamente rodeado por gruesas nubes y colorea sus orillas con el brillo de un hierro incandescente. El paso a la noche sólo dura unos minutos y con el descoloramiento del cielo azul hacia un gris, aparece en el Este Venus en todo su esplendor. Pronto se muestran también Sirius, Orión y, la muy querida y citada por escritores, aunque sin sentido, Cruz del Sur. El frío se hace tan intenso que incluso la magia del cielo estrellado no puede impedir que nos metamos en los sacos de dormir. Mucho más abajo oscila, como una luciérnaga solitaria, la lámpara de aceite que ilumina el campamento del Hotel Cepo.

A eso de las 10:00 se abrieron las brumosas cortinas que impedían ver Santiago. Observamos la capital que se asemeja a un pequeño mar de llamas. Más allá, siguiendo la línea del ferrocarril, podemos ver otras ciudades como Llay-Llay, Calera, Quillota y finalmente Valparaíso que sólo se muestra como un pequeño fulgor rojo.

El imponente espectáculo de la noche ofreció el continuo destello de los rayos de tres tormentas diferentes que se desarrollaron en la cordillera este. A veces veíamos los rayos oscilar de una nube a otra, a veces iban como ramas de un árbol desde las cumbres de los cerros hacia el aire, luego de las nubes hacia la tierra, a veces se mostraba una iluminación repentina en alguna zona que los gigantes cubiertos por glaciares dejaban ver con una iluminación fantasmal. Fuegos de San Telmo al alcance de la mano dejaban al atemorizado corazón latiendo más rápido.

Cada vez hace más frío. El viento gélido silba a través de los sacos de dormir prestados del Club Gimnástico Alemán hechos de tela de poncho que a esta altitud no se mantiene y sólo sirven como una piel para protegerse. La noche parece no tener fin. Tiritamos de frío como el follaje de un álamo y apretamos todo el tiempo manos y pies para evitar su congelamiento. Siento como una insensibilidad sube desde los pies. A veces me falta la energía para hacer los movimientos revividores. A mi amigo, que tiene un saco de dormir inglés relleno de plumas, le va, al parecer, un poco mejor ya que duerme un poco, lo que para mí, debido al frío, es imposible.

Finalmente, la suave claridad del amanecer hace desaparecer las estrellas y le devuelve el color al paisaje, el cual había sido quitado por la noche. Ya me había puesto hacía rato el saco de dormir sobre la cabeza para estar mejor protegido contra el frío y esperaba el llamado de Trewhela para levantarme. En lugar de eso, me llamó diciendo que no me moviera hasta que él llegara adonde yo estaba, sino estaría perdido. Cuando estaba delante mío me pidió mirar alrededor de mi saco de dormir: durante la noche me había movido hasta el borde de mi litera y con un movimiento más me habría resbalado inevitablemente por 1000 metros por el glaciar y desaparecido más abajo en alguna de las grandes grietas.

Como el campamento estaba en sombras, el frío extremo continuó hasta las 9:00 y cuando los primeros rayos de sol aparecieron tras el Plomo, nos pusimos sobre una placa de roca para descongelarnos puesto que estábamos helados. El frío de la noche debió haber sido terrible; lamentablemente no teníamos un termómetro. Nos encontrábamos, tras nuestra peor noche, en una condición tan miserable que en un principio tuvimos la sensación de que no íbamos a llegar a la cumbre, lo que se mantuvo.

Esta vez nos costó una media hora encender la cocinilla a petróleo y recién poco antes de las 11:00 estábamos en condiciones de reanudar la marcha. Cruzando la morrena llegamos de nuevo a la orilla del glaciar donde pusimos nuestro equipo; sólo con una lata de duraznos, algo de pan y una botella con té caliente en la mochila continuamos nuestro día más duro de nuestra excursión (martes, 4 de febrero).

La altitud nos molesta mucho y con cansancio ponemos un pie delante del otro, uno casi podría decir que descansando en el mismo movimiento. El pecho trabaja a punto de reventarse y cada 5 o 6 pasos nos apoyamos en el piolet para recuperar el aliento. Debido a la mala alimentación desde el día ayer, al peso que llevamos durante el ascenso y a la noche sin sueño, pierdo con rapidez la fuerza y sin esperanza veo el ascenso sobre el abrupto y acerado glaciar. A unos 5000 metros de altitud me rindo.

Nos tomamos juntos el jugo de la lata de duraznos, las frutas mismas estaban congeladas. Mi amigo sigue ascendiendo lentamente y desaparece en la curva del portezuelo que se encuentra entre el Plomo y el Bismarck. Él busca, de la forma más directa posible, de avanzar hacia la cumbre, pero haciendo eso llega a tramos tan abruptos que necesita tallar escalones lo que lo debilita de tal forma que desiste de continuar con esta ruta. Él dobla más hacia la derecha para seguir por un terreno menos empinado. El aire es tan poco denso y el esfuerzo tan grande que se recuesta varias veces para recuperar el aliento y las fuerzas. A las 2:00 alcanza el hombro del Plomo y con eso gana la vista hacia el lado argentino. Al menos una recompensa por los esfuerzos de las últimas horas.

La altitud a la que él se encuentra es de aproximadamente 5.250 m. Los últimos 200 metros parecen fáciles de hacer por lo que él no duda del éxito del ascenso; sin embargo, las fuerzas también lo abandonan a él, además lo avanzado de la hora ya no permite seguir con el ascenso. Gruesas nubes vienen desde el Norte, pasan por sobre los cerros y valles impidiendo la vista. Sólo a ratos está un poco más claro, los difusos Nevado, Los Leones y Juncal con sus 6.060 miran como fantasmas gigantescos a través del velo de nubes.

La vista abarca un territorio gigantesco, desde el Pacífico hasta las pampas en Argentina. Uno ve caer hasta el valle glaciares enormes, como se forman esteros de montaña que en su carrera turbulenta alcanzan el valle, cascadas que se unen con otros esteros hasta formar un sistema de ríos cuya vía principal se pierde a la distancia.

Durante todo el ascenso por el hielo nos dimos cuenta de la presencia de cientos de tipos de insectos, moscas, mosquitos, pequeños escarabajos, a veces todavía vivos, a veces ya congelados que con las tormentas diarias son transportados desde el valle y los cerros más bajos hasta estas regiones.

A menudo miro hacia arriba para ver si es que mi compañero se deja ver puesto que ya es tarde y debemos bajar al Hotel Cepo antes que caiga la noche, no queremos correr el peligro de pasar una segunda noche terrible en las laderas del Plomo.

Finalmente lo veo aparecer en la curva y avanzar hacia la orilla de la morrena. Poco antes de llegar a esta se tropieza con un crampón y cae hacia adelante, se desliza unos 25 a 30 metros por la superficie del hielo hacia abajo hasta una pequeña morrena donde se golpea con las piedras tres o cuatro veces y se queda con la cara hacia abajo sin moverse. Si se hubiera caído cuatro metros más a la izquierda, no habría llegado a la morrena, sino que directamente al glaciar hasta la planicie unos 1.400 metros más abajo. Me apuro en subir, lo más que me permite el corazón, y como él todavía no se mueve, temo lo peor. A mi llamado no responde y recién cuando estoy junto a él, me dice con voz débil que debo dejarlo así como está. El peso del que me liberé cuando oí estas señales de vida fue tan grande que podría haber matado a cualquiera que estuviera debajo mío. Tras unos minutos, ya había instalado un campamento a su lado, le ayudé a ponerse de espaldas. Las manos están llenas de sangre, la ropa rasgada y el cuerpo lleno de heridas. Afortunadamente no se había fracturado nada y cuando ya se había recuperado del susto y le había vendado las manos con pañuelos, comenzamos a descender por la morrena para evitar la ruta por el empinado glaciar. Pronto alcanzamos nuestro equipo. Después de cargarme con la mayor parte de éste, bajamos cuidadosamente por las resbalosas piedras hacia el campo de penitentes que alcanzamos poco antes de la puesta de sol.

Por sugerencia de mi amigo y en contra de mi recomendación de seguir el mismo camino de antes, buscamos cruzar la planicie hacia la izquierda para alcanzar una abrupta ladera sin nieve hacia el valle del Cepo que nos debía posibilitar llegar más rápido al campamento. Lamentablemente mi compañero sacó mal las cuentas y yo tuve que pagar las consecuencias. Después de haber saltado numerosos riachuelos y grietas, con suficiente riesgo de haber caído en alguno de ellos, llegamos a los penitentes que son muy altos y presentan cada vez un obstáculo mayor. Con los crampones puestos vamos, tras superar un muro intermedio, a la siguiente celda de hielo que es cada vez más profunda de forma que tengo que tallar escalones para ayudar a mi amigo a avanzar, puesto que sus manos vendadas casi no le son de ayuda. Agotados por el duro trabajo nos sentamos en el fondo de una de las celdas de hielo y nos comemos la última lata de fruta en conserva que nos quedaba. Comienza a oscurecer, intercambiamos miradas atemorizadas, dudosos de poder salir bien de esta aventura. Regresar no es posible, quedarse significa la muerte por congelamiento. No es suficiente que Trewhela justo se haya resbalado, ahora parece que a mí también me ha alcanzado la maldición del espíritu de la montaña. Casi felices de haber alcanzado el borde del cerro y con la confianza de poder salir de esta trampa, piso al saltar desde una pared en lo profundo de una celda de hielo con el pie izquierdo con lo que el equipo me desequilibra. Mientras me caigo, siento un dolor agudo y veo las estrellas bailan como salvajes delante de mi nariz. Lentamente se despeja la neblina de delante de los ojos, los alrededores se pueden volver a distinguir. Con los dientes apretados por el dolor y con el estímulo de mi amigo, que tampoco se encuentra en una situación envidiable, superamos los últimos obstáculos para alcanzar el borde.

A pesar de que apenas me puedo mantener de pie, no se puede pensar en un descanso; llamamos hacia el valle abajo para dar señales de vida, sin embargo, sólo nos responde el eco. Ahora ya no caminamos, sino que nos resbalamos por la ladera por 300 metros hacia abajo. El pie ya no puede sostener el peso del cuerpo y está inflamado al doble de su tamaño normal. Quejarse no tiene sentido. De vez en cuando llamamos a nuestros «guardianes del campamento», puesto que habíamos acordado que nos esperaran donde habíamos encontrado el campamento de expediciones anteriores. Al disiparse la niebla encontramos a nuestro guía sobre un bloque de roca. Viene hacia nosotros a grandes pasos y se apura, en consideración a nuestro estado, en traer a los caballos tan arriba como le es posible.

Ya era noche oscura cuando llegamos al campamento, donde el mismo Livesey nos había preparado una buena cena y un vino caliente. El guardián del campamento tuvo que jugar al médico. A Trewhela le sacaron con agua caliente los pañuelos pegados con sangre a las manos y se le cambiaron por verdaderos vendajes. Mi pierna fue puesta en el hielo. A pesar de todo esto y debido a los dolores, ni Trewhela ni yo pudimos dormir esa noche.

El día anterior, mientras Livesey y el guía se había ido Cepo abajo a cazar patos salvajes, un zorro aprovechó la oportunidad de meterse en nuestra carpa y sacar toda la provisión de carne que consistía en un cuarto de cordero. No contento con eso, más tarde hizo una segunda incursión que le costó la vida. Nuestro guía justo llegaba a tiempo para ponerle una bala. Sus restos mortales adornan hoy la gran roca del Hotel Cepo como advertencia para sus camaradas.

Al amanecer del día siguiente (miércoles) nos preparamos el último desayuno y después de haber cargado las cajas, desarmado la carpa y haber puesto nuestras tarjetas (Heriberto Trewhela, James Livesey y la mía) en una lata, iniciamos el regreso desde esta soledad en la cordillera.

Como ruta de regreso usamos esta vez el camino por el estero Manzano y llegamos a las 3:00 de la tarde a Cometierra, donde el guía se negó a seguir puesto que los animales ya no podían más.

Afortunadamente poco después pasó una carretela que nos llevó a Santiago, adonde llegamos tarde tras 4 horas y media de viaje.

Traducción: Álvaro Vivanco

Artículo publicado originalmente en la Revista Andina 1929 Heft 4